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Pocas veces una imagen ha traicionado tanto a su original.
Cuando decimos «querubín», casi todo el mundo piensa lo mismo: un bebé rosado, alitas pequeñas, mejillas infladas, flotando entre nubes. Aparece en tarjetas de San Valentín, en decoración de bautizos, en tatuajes.
Si le hubieras enseñado esa imagen a un lector del antiguo Israel diciéndole «esto es un querubín», te habría mirado con verdadera perplejidad.
Porque el querubín bíblico custodia una puerta con una espada de fuego. Tiene cuatro rostros. Y en al menos un texto, Dios lo usa como montura.
Vamos a reconstruir cómo pasamos de una cosa a la otra. Es una de las mejores historias de toda la angelología.
Qué significa la palabra «querubín»
El término viene del hebreo kerub, plural kerubim, castellanizado como querubín / querubines.
Su etimología se discute, pero la hipótesis más aceptada lo relaciona con el acadio karibu, palabra emparentada con un verbo que significa bendecir, orar, interceder. El karibu era una figura intercesora: un ser que se colocaba ante la divinidad en nombre de otros.
Encaja de forma notable con lo que hacen los querubines en la Biblia. Están en el umbral. Entre el ser humano y lo sagrado. Ni de un lado ni del otro: en el paso.
Hay un dato más. La arqueología del antiguo Oriente Próximo saca sin parar seres híbridos alados —cuerpo de león o toro, alas de ave, rostro humano— colocados flanqueando tronos y puertas de palacios y templos. Los lamassu asirios son el ejemplo célebre; los marfiles fenicios muestran esfinges aladas junto a asientos reales.
Esa es la familia visual de la que procede el querubín bíblico. No la de los bebés.
(Una nota que conviene tener a mano: la etimología popular que traduce «querubín» como «plenitud de conocimiento» procede de Pseudo-Dionisio y de la tradición medieval, no de la lingüística semítica. Es teología, no filología. Como teología es preciosa; solo conviene no confundir las dos cosas.)
De qué textos proceden
Los querubines aparecen muchísimo más que los serafines, y en contextos muy distintos: son de los seres celestiales más presentes de todas las apariciones que recoge la Biblia.
El guardián del Edén
Su primera aparición cierra el relato del jardín. Tras la expulsión, se colocan querubines al oriente con una espada llameante que gira, para custodiar el camino al árbol de la vida.
Función: centinelas del umbral. La primera imagen que da la Biblia de un querubín es la de alguien plantado en una puerta.
Los querubines del Arca
En el libro del Éxodo, las instrucciones para construir el Arca incluyen dos querubines de oro labrado sobre la cubierta, uno en cada extremo, con las alas extendidas hacia arriba y los rostros vueltos el uno hacia el otro.
Y aquí está el punto clave: el texto dice que desde ese espacio, de entre los dos querubines, Dios habla.
Los querubines no son el objeto de culto. Son el marco. Delimitan un hueco vacío, y el hueco es lo que importa. En el templo de Salomón el esquema se repite a escala monumental, con dos figuras enormes de madera de olivo recubiertas de oro cuyas alas cruzaban el santuario de pared a pared.
Los querubines de Ezequiel
Aquí la imagen popular se derrumba del todo.
Ezequiel describe una visión junto al río Quebar: seres vivientes con cuatro rostros —de hombre, de león, de toro y de águila—, varias alas, pies como de becerro, apariencia de brasas ardientes, y ruedas que se mueven con ellos, ruedas dentro de ruedas cubiertas de ojos.
Más adelante, en el capítulo 10, el propio texto identifica a esos seres: eran querubines. El profeta lo dice expresamente, y lo dice como quien reconoce algo que ya conocía.
Añade un versículo del Salterio y del segundo libro de Samuel donde se describe a Dios cabalgando sobre un querubín y volando sobre las alas del viento, y tendrás el retrato completo. Una criatura de terror sagrado. Nada que ver con una decoración de guardería.
El querubín protector del oráculo contra Tiro
En Ezequiel 28, el texto se dirige a una figura descrita como un querubín protector, colocado en el monte santo, perfecto en sus caminos hasta que se halló en él iniquidad.
De ese pasaje —leído en clave alegórica por la tradición cristiana posterior— nace la idea, muy extendida, de que Lucifer habría sido un querubín antes de la caída. Conviene saber que es una lectura interpretativa desarrollada siglos después, no lo que el texto dice literalmente de sí mismo.
Entonces, ¿de dónde salió el bebé alado?
De la historia del arte. Y ocurrió poco a poco.
El culpable no es ningún teólogo. Es una convención iconográfica grecorromana: el eros o amorcillo, el niño alado que acompaña a Venus en la pintura y la escultura clásicas. Aquellos putti eran figuras decorativas, símbolos de amor y abundancia.
Cuando el Renacimiento recupera el vocabulario visual de la Antigüedad, los putti vuelven con fuerza y entran en la pintura religiosa como acompañamiento: llenando esquinas, sosteniendo guirnaldas, asomándose entre nubes.
El paso siguiente fue casi inevitable. Si en una escena celestial hay niños alados, y en las escenas celestiales de la Biblia hay querubines, el público empezó a llamar querubines a los niños alados. La Madonna Sixtina de Rafael, pintada hacia 1512, con sus dos niños apoyados en el borde inferior del cuadro, se convirtió en una de las imágenes más reproducidas de la historia y remató la asociación.
Después llegó el Barroco, que multiplicó las cabezas de querubín: rostros infantiles con un par de alas, sin cuerpo, decorando retablos, techos y molduras por toda Europa y toda América colonial.
En unos tres siglos, un guardián de umbral con cuatro rostros y espada de fuego se convirtió en un adorno de escayola.
El bebé alado es un putto. El querubín es otra cosa.
Por qué una imagen puede más que un texto
Esto no es una anécdota de erudito. Tiene explicación, y la dio uno de los historiadores del arte más originales del siglo XX.
Aby Warburg dedicó su vida a rastrear cómo ciertas fórmulas visuales de la Antigüedad —posturas, gestos, tipos de figura— sobreviven durante siglos, se sueltan de su significado original y reaparecen aplicadas a contenidos completamente distintos. Las llamó Pathosformeln, fórmulas de emoción, y las organizó en un atlas de imágenes montadas sobre paneles negros, el Atlas Mnemosyne, que dejó inacabado a su muerte en 1929.
El niño alado es un caso de manual. La forma viajó desde los sarcófagos romanos hasta los retablos barrocos sin perder un gramo de fuerza, y por el camino se llevó puesto un nombre que no era el suyo.
Warburg tenía una intuición incómoda: las imágenes no ilustran nuestras ideas, las moldean. Ganó la que se podía pintar rápido y quedaba bonita en una esquina. Y una vez que ganó, ya nadie volvió a leer Ezequiel sin ella puesta encima.
Como dice el Cuaderno del Caminante: el problema quizá no sea el punto de vista, sino el marco invisible desde el cual interpretamos la realidad.
Su lugar en la jerarquía celestial
En el esquema de los nueve coros de Pseudo-Dionisio, los querubines ocupan el segundo lugar, en la primera tríada, entre los serafines y los tronos.
Su rasgo definitorio, en esta tradición, es el conocimiento. Si los serafines arden de amor, los querubines contemplan y comprenden. Tomás de Aquino mantuvo la distinción en la Suma Teológica y la convirtió en doctrina común: caridad para los primeros, sabiduría para los segundos.
Resulta curioso que la tradición judía subrayara la custodia y la cristiana medieval el conocimiento. Ambas cosas están en los textos. Cada tradición iluminó un lado distinto de la misma figura.
Qué añadió el esoterismo moderno
En la literatura espiritual contemporánea se invoca a los querubines sobre todo para:
- Pedir discernimiento y claridad ante decisiones difíciles.
- Protección del hogar, retomando su papel de guardianes del umbral.
- Trabajo con la sabiduría interior y la intuición.
- Rituales de limpieza de espacios y de puertas de entrada, con herramientas bastante simples.
Como siempre en esta colección, te lo digo con transparencia: estas prácticas no aparecen en los textos antiguos. Son elaboraciones devocionales y esotéricas recientes, inspiradas en rasgos bíblicos pero no derivadas de ellos. Saberlo no le quita valor a nadie; permite distinguir el estrato histórico del contemporáneo.
Errores frecuentes sobre los querubines
«Querubín es un ángel pequeño o de rango menor.» Al contrario: es el segundo coro de nueve. La asociación con lo pequeño viene del tamaño de los putti pintados, no de la teología.
«Querubines y serafines son sinónimos.» Comparten tríada, nada más. Distintos textos de origen, distinta apariencia, distinta función atribuida.
«Los cuatro rostros de Ezequiel son los evangelistas.» Es una interpretación cristiana posterior, muy fértil en el arte, que no está en Ezequiel.
«El plural de querubín es querubims.» En español es querubines. La forma cherubim es el plural hebreo tal cual, que pasó al inglés y a veces se cuela por contagio.
Preguntas frecuentes
¿Cuántas alas tienen los querubines? Depende del texto. En la visión inicial de Ezequiel se les describe con cuatro; en otros pasajes varía. No hay número fijo, como sí lo hay con las seis alas de los serafines.
¿Los querubines tienen nombres propios? En las fuentes bíblicas y escolásticas, no. Aparecen siempre como colectivo o como función.
¿Por qué se pintan de azul? Es una convención iconográfica medieval que asocia el azul al conocimiento y al cielo, en contraste con el rojo ígneo de los serafines. Funciona como código de lectura para el espectador.
¿Está mal llamar «querubín» a un bebé alado? Culturalmente el uso está tan asentado que negarlo sería absurdo. Históricamente, sí: esa figura es un putto. Puedes usar ambas palabras sabiendo cuál es cuál.
Para cerrar
Me interesa este artículo porque enseña algo que va más allá de los ángeles: las imágenes tienen historia. Lo que hoy parece obvio suele ser el resultado de un malentendido de siglos que nadie se molestó en corregir.
Recuperar al querubín original —el que custodia el jardín, el que enmarca el hueco vacío donde se escucha la voz, el que tiene cuatro rostros junto al río Quebar— no es erudición. Es devolverle el peso a una figura que la decoración fue vaciando poco a poco. Warburg lo habría llamado una fórmula secuestrada.
Y deja una pregunta que a mí me sigue rondando: ¿cuántas cosas crees haber visto, cuando lo que viste fue la versión bonita que alguien pintó de ellas?
Puedes seguir el recorrido completo en el artículo principal sobre los nueve coros angelicales, o volver al anterior de esta colección, dedicado a los serafines.
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